Outros Sermões Gênesis

 

QUEBRANTAMIENTO Y RESTAURACIÓN

Génesis 1:27, 2:21-24

 

Mientras escribía este mensaje observaba desde la ventana de mi estudio un pino que, algunos meses atrás, se cayó repentinamente. Cuando se derrumbó, era un árbol verde y frondoso. Ahora, es apenas un esqueleto, un tronco muertorodeado de algunas ramas rotas. 

¿Qué pasó? ¿Cómo fue que este árbol tan lleno de vida, en unos cortos meses, llegó a ser simplemente un tronco caído? La respuesta es que se separó de la raíz. No sé por qué se separó; no sé si fue cuestión de insectos, de humedad o de disturbio de la tierra. La cosa es que se separó; y al separarse, quedó alejado de la fuente de su vida.

Los seres humanos nos encontramos en la misma situación.
Estamos separados de la fuente de nuestra vida, por razones que detallaremos en un momento. Al igual que ese árbol, existimos como esqueletos muertos.

Pero a distinción del árbol, podemos ser reconectados con la fuente de nuestra vida. A pesar de estar derrumbados, desconectados y desahuciados, podemos ser reedificados, reconectados y reanimados.

Éste es el mensaje más importante que existe. Es la realidad que puede transformar tu vida. Nuestras almas vagan sin descanso hasta hallar su descanso en nuestro Creador. Si no conoces ese descanso, puedes conocerlo. Lo primero que tienes que entender es que

I. La comunión con Dios, con los demás y con nosotros mismos fue el propósito de nuestra creación
Lectura: Génesis 1:27, 2:21-24

1:27 Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó... Entonces Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre. Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada. Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne. Cuando Dios creó al ser humano, lo creó a su imagen. Esto significa muchas cosas, pero entre ellas significa que el ser humano fue creado para tener comunión con Dios. Las otras partes de la creación glorifican a Dios de sus diversas maneras. Por ejemplo, las grandes montañas muestran la permanencia y la majestad divina. Las flores muestran la belleza y la creatividad de Dios.

Sin embargo, ninguna otra parte de la creación terrestre fue creada con la capacidad de tener comunión con Dios. Las otras cosas creadas cobraron existencia por la palabra divina, pero en la nariz del hombre sopló Dios el hálito de vida. Así recibió el hombre un espíritu capaz de tener comunión íntima con su Creador.

No debemos de cometer el error de pensar que Dios tenía necesidad de compañía, que se sentía solo y que por eso creó al hombre. Desde toda la eternidad, Dios ha existido en la perfecta comunión de Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios es amor, como la Biblia declara, y ese amor se ha compartido siempre entre los miembros de la Trinidad.

Más bien, el amor de Dios es tan inmenso que él decidió crear más seres capaces de compartir ese amor. Decidió multiplicar ese amor que ya existía, creándonos para poder compartir con él ese amor.

Como parte de su plan, Dios también decidió crear comunidad entre los seres humanos. Esta comunión empezó con la unidad básica de la sociedad humana, la familia. Dios declaró que no era bueno para el hombre estar solo, y creó a Eva para acompañarlo.

Su propósito no fue que Eva fuera la sirvienta de Adán, ni mucho menos que él fuera su títere. Más bien, él los creó para vivir juntos en amor y en armonía. En el transcurso natural del tiempo, ellos tendrían familia, y esa comunidad humana se extendería como reflejo de la comunidad entre las tres personas divinas.

Además de esto, Dios hizo al hombre capaz de tener comunión consigo mismo. Nos hizo capaces de reflexionar, de recordar, de razonar. Entre los tres elementos del ser humano, el espíritu, el alma y el cuerpo, Dios creó una perfecta armonía.

Sin embargo, esta triple armonía - entre el hombre y Dios, el hombre y los demás, y el hombre consigo mismo - no duró. Ahora vivimos con la triste realidad de que

II. Nuestra comunión está quebrantada por el pecado
Lectura: Génesis 3:6-13
3:6 Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella. Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales. Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los arboles del huerto. Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí. Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses? Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí. Entonces Jehová Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me engañó, y comí.

Cuando Adán y Eva pecaron comiendo el fruto que Dios les había prohibido, se encontraron inmediatamente separados. Dios les había dicho que morirían el día que comieran del árbol prohibido, y así sucedió. La muerte es, a fondo, la separación; y en este momento se hallaron separados el uno del otro, separados de Dios, y con la integridad de su propio ser fragmentada.

Ya no podían compartir libremente su existencia; se avergonzaron de su desnudez. Ya no podían enfrentar la presencia de Dios; se escondieron de su presencia. Y ya no pudieron mantener la integridad de su propia existencia; en lugar de responsabilizarse de sus propias acciones y trazar un camino de integridad, pretendieron soslayar su culpabilidad.

Hoy en día, estamos viviendo la mismísima situación. Aún estamos separados por el pecado de Dios, de los demás, y de nosotros mismos. La mayoría de las personas dice creer en Dios, pero una cosa es creer que Dios existe y otra cosa es tener una relación personal con él.

Cuando vemos la forma en que las personas buscan alocadamente encontrar algún significado para sus vidas, nos damos cuenta de que su relación con Dios está quebrantada. La Biblia nos dice que la presencia de Dios en nuestra vida traerá paz, gozo y santidad, y vemos que las personas que nos rodean carecen de estas cosas. Quizás vemos que también hacen falta en nosotros mismos.

Estamos separados de los demás. Si no lo estuviéramos, ¿por qué habría tantos pleitos entre nosotros? ¿Por qué habría disgustos y falta de amor? La verdad es que es raro encontrar a una persona en la cual podamos confiar completa y absolutamente.

Estamos separados de nosotros mismos. ¿Alguna vez te has preguntado por qué la gente tiene que estar ocupada todo el tiempo? ¿Por qué tenemos que traer los audífonos puestos siempre? ¿Por qué tenemos que dejar la televisión prendida constantemente? Es que no soportamos estar solos con nosotros mismos. No soportamos la soledad porque entonces tendríamos que enfrentar nuestra propia realidad, y es mucho más fácil ahogarla en un mar de sonidos e imágenes.

La razón de esta separación es muy simple: es el pecado, en sus múltiples formas. Nuestros propios pecados, tanto como los pecados de otros, resultan en esta separación.

Pero hay una muy buena noticia:

III. Nuestra comunión puede ser restaurada por medio de Cristo
Lectura: 2 Corintios 5:16-21


5:16 De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así. De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; es cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.

Para restaurar esas relaciones rotas, Dios envió a su Hijo Cristo. Él tomó sobre sí todo nuestro quebrantamiento, toda nuestra culpa y nuestro pecado. Dios lo trató de la manera en que nosotros merecíamos ser tratados.

¿Sabes por qué lo hizo? Lo hizo porque nos ama. Dios quiere estar en relación contigo. Él quiere que tú también puedas tener paz con los demás, y paz contigo mismo. Él quiere que seas restaurado.

Esto va mucho más allá de la apariencia física, la inteligencia o el nivel de éxito que hayamos alcanzado en el mundo. Todas
estas cosas carecen totalmente de importancia. Lo que importa es que, dentro de ti, está la semilla de una persona maravillosa y bella, una persona amada por Dios y que ama a los aemás como se ama a sí misma.

Para que esa semilla brote, es preciso que recibamos la presencia de Cristo. Él murió para liberar el poder restaurador que hace posible nuestra nueva vida. Esa persona tan preciosa puede despertar en ti, pero sólo es posible por medio de Cristo.

Así como las semillas sólo brotan cuando reciban la combinación correcta de agua, temperatura y los nutrientes indicados, nuestro espíritu y nuestra alma sólo nacerán si recibimos por fe la presencia de Cristo en nuestra vida.

Recibir a Cristo no significa simplemente repetir una oración, creer ciertas cosas con la mente o unirse a una religión nueva.
Significa entregarle nuestro pecado, darle el control de nuestra vida y recibir su presencia en nuestro corazón. Esa presencia nos va enseñando y nos va transformando.

La restauración no viene mediante el orgullo humano. No viene mediante la educación, la psicología o los medicamentos. La
restauración sólo viene cuando invitamos a Cristo a obrar en nuestro corazón. La base de nuestra existencia no es física; es espiritual. Si vamos a ser restaurados, esa base espiritual tiene que ser reconstruida.

Quizás tú nunca le has invitado a Cristo a entrar en tu corazón. No estás seguro de haber recibido su perdón, de estar bien con Dios, de tener su presencia en tu vida. Si no tienes esa seguridad, no te preocupes de lo que dirán los demás. No pienses en otra cosa más que esa grandiosa oferta que Jesús te da.

Acepta hoy la presencia de Cristo en tu vida, y empieza ese viaje de restauración. Nunca te arrepentirás de hacerlo.

Tony Hancock